Sin palabras
me levanté
esta mañana,
ya qué la muerte
estaba allí
en la pantalla
justo fuera de mi ventana.
Los niños, los inocentes
aquellos que más
deberían vivir,
piel y huesos
van a fallecer
por una guerra
para el poder.
No hay nada que decir:
sin piedad
sin justicia
sin vergüenza
les hacen morir.
Cada día
la humanidad bombardeada
se esconde en casas sin paredes;
sin pan, come polvo y nada,
agarrándose sin brazos
a su tierra ensangrentada.
Seres impotentes
tumbados en tiendas de campo
hundidas en el barro,
sin piernas, sin dientes
lloran entre los escombros
de la democracia mundial
que silente se dobla
a la barbaridad bestial
de los prepotentes
sin almas ni mentes.
(Suplemesian, n. 8, Febrero 2026)